La delgada línea azul que dibuja Magid es un finísimo trazo inexistente entre la creación y la vida, es una línea invisible que no establece separación entre ella y su obra. No hay cuerpo policial, ni académico, ni frio cálculo conceptual que se encargue de proteger la biografía de Jill Magid frente al producto de sus ideas, convertido en piezas artísticas en las que prevalece la ausencia – de lo que fue o de lo que será -, y la acción que desencadena creación, la acción-creación que nos obliga a comportarnos del mismo modo que el protagonista del relato de Kosinski [1933 – 1991], 'Pasos', un hombre que llegaba a convertirse en el amante de una compañera de trabajo por persona interpuesta, que convencía a un amigo para que la sedujera y le permitiera espiarlos:
Cuando llegué a casa, me arrojé sobre la cama. Instantáneamente, mi imagen de ella se dividió en dos: la mujer de la oficina, vestida, indiferente, que iba de aquí para allá, y la muchacha desnuda y de ojos vendados que se entregaba por orden de otro hombre. Ambas imágenes eran nítidas y rotundas... pero se negaban a fundirse entre sí. Durante horas, se desalojaron y sustituyeron mutuamente.
Así, como este párrafo, es la obra de Jill. Una obra que nos muestra observando a quien mira mientras se muestra, y nos devuelve a casa con la doble imagen del mundo que ella observa y manipula a costa de su propia memoria y de los sucesos que pone en marcha su intervención para generar no sólo una pieza de arte cuyo precio queda marcado por su coste real - en dólares o en vida -, sino, también y sobre todo, el punto de fuga de un futuro, de un destino objeto de coleccionista que nació como una infinitud de posibilidades.
Como una teoría de fractales.
Casi tres semanas antes de suicidarse, Jerzy Kosinski le envió en respuesta a mi padre una carta de página y media en la que rechazaba de plano su teoría de los fractales aplicada a algunos de sus libros. (...) Mi padre había leído con mucho esmero un par de obras de Kosinski, en especial ''Pasos'' y ''El pájaro pintado'', y por un inmigrante polaco radicado primero en Argentina y luego en Estados Unidos, logró vincularse con el escritor nacido en Lodz. El amigo de mi padre y Kosinski eran vecinos, ambos vivían en Manhattan. El asunto fue que por intermedio de este hombre, mi padre mantuvo un breve intercambio epistolar con el autor de Desde el jardín, breve pero intenso, ya que fueron tres cartas las enviadas y tres las respondidas. Con mucha cordialidad, mi padre le expuso al escritor su excéntrica teoría: según él, tanto ''Pasos'' como ''El pájaro pintado'' reproducían de forma sutil y convincente la noción de los fractales; es decir, la de modelos infinitos comprimidos de alguna manera en un espacio finito. (Gabriel Báñez, http://cortey2.blogspot.com/2007/02/kosinski-y-los-fractales.html)
Modelos infinitos comprimidos de alguna manera en un espacio finito: como la mentira.
Como las mentiras que contó sobre sí mismo Kosinski durante toda su vida de judío oculto; las mentiras que escribió acerca de su propia vida en su falsa autobiografía, ''El Pájaro Pintado''. La enorme mentira que fue su novela ''Desde el Jardín'' (1971), un plagio de la novela polaca ''La carrera de Nikodem Dyzma''. Plagio que fue descubierto por The Village Voice en 1982, años después de su publicación y posterior adaptación cinematográfica – con guión del propio Kosinski – , que llevó por título y triunfó como ''Bienvenido Mr. Chance'' (1979).
Bienvenido, Señor Oportunidad. Modelos infinitos comprimidos de alguna manera en un espacio finito. La cabeza de Kosinski muerto, suicida, en el interior de una bolsa de plástico. Fin de lo finito.
Las cenizas de Jill Magid convertidas en un diamante que quedará engarzado en el anillo de su ''Autorretrato pendiente'', que dejará de estarlo, quedará finalizado tras su muerte, incineración y posterior transformación del carbono de su cuerpo inerte en piedra preciosa. Fin de lo infinito.
Haz de mí un diamante cuando muera. Córtame redondo y brillante. Pésame a un quilate. Asegúrate que sea real.
Jill Magid, funambulista sobre la delgada línea azul que recorre un espacio en el aire que va de su obra a sí misma, a varios metros de altura en caída libre que siempre aterrizará sobre su propia existencia, en su actitud hacia el arte y la vida, que es lo contrario que el suicidio de Kosinski – o de quien sea.
El recorrido de Jill sobre el fino hilo azulado marca el camino inverso al suicidio de K. - o de quien sea.
Lo opuesto al suicidio, que no es la vida tal y como la vivimos, sino la vida tal y como la detona Jill Magid, que hace estallar sus infinitos modelos a fuerza de exponerse y transformar su propia historia en el espacio finito que alberga cada una de sus obras, que demuestran que no sólo la mentira responde a la definición de lo fractal, sino también la verdad provocada. La verdad que se nutre de convertir en suceso, obra o concepto todos los modelos infinitos que contiene la ficción, ilimitada hasta que la intervenimos para transformarla en posibilidad.
Digamos que soy la protagonista de la novela de otra persona.
Digamos que Jill Magid es la protagonista de una novela de Kosinski, de una novela imposible del polaco Kosinski, que nunca dominó el inglés lo suficiente como para escribir ninguna de las obras que publicó en ese idioma; novelas y relatos que se nutrieron de escritores en la sombra que creaban a sus órdenes o se encargaban de traducir al inglés una novela polaca. De otra persona.
Digamos que soy la protagonista de la novela de otra persona.
Digamos que, ante un escritor que miente y se mata de asfixia, a Jill no le quedó otro remedio (como lectora, como escritora y como artista) que protagonizar - a costa de su propia vida – algunas buenas historias fractales de Kosinski, que ella fue subrayando con finas líneas azules...
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