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DIBUJO
>> Entrevista a Francesc Ruiz >> El recurso de la mueca

Con motivo de su exposición en el CASM hemos entrevistado a Francesc Ruíz. Tanto Francesc Ruíz como Lars Arrnhenius, que también muestra tres piezas en el CASM, utilizan el dibujo. Un medio que parece estar en boga. En relación con ello publicamos, además de la entrevista, un texto de Rafel G. Bianchi. Un artista que también hace y ha hecho uso del dibujo y que, aquí, propone un repaso por algunos artistas y síntomas característicos del medio.


EL RECURSO DE LA MUECA



RAFEL G. BIANCHI



¿Acaso la celebrada presencia del dibujo en el mundo del arte contemporáneo tiene algo de sospechoso? Y con ello me refiero tanto a la institución como al mercado. Exposiciones colectivas planteadas como un inventario del fenómeno, así como exposiciones individuales de los artistas más destacados, en un lenguaje que, salvo honrosas excepciones, ha sido considerado menor.


Nadie es ajeno a la necesidad del mercado—también del arte— de generar tendencias que produzcan beneficios. Del mismo modo que la institución —como escaparate de la política cultural— se apropia de las tendencias para regularlas y con ello controlarlas. A estas alturas, sin embargo, por la perspectiva histórica que tenemos, parece del todo ingenuo—aunque loable— que alguien intente librarse de ese abrazo protector, y por ello parece lógica y razonable la propuesta de Foucault de resistir desde dentro. Es decir, reconducir la situación desde el sistema y no en su contra.


En esta coyuntura, donde la tecnología y con ella los sistemas de comunicación y representación han dado un salto evolutivo inigualable —mientras el ARTE tendía a un cierto hermetismo metalingüístico— no es de extrañar la necesidad de algunos de sus practicantes de encontrar un espacio donde la capacidad de respuesta crítica dé sentido a su trabajo.


Y quizás es en ese espacio donde el dibujo encuentre su razón de ser. No deja de ser paradójico que, en términos de credibilidad, la alta definición sea más cuestionada que la imagen con interferencias. Que los infrarrojos en el campo de batalla o la calidad deficiente de las filmaciones hechas con los móviles nos proporcionen una sensación de verosimilitud superior a la “imagen perfecta”. Posiblemente por desconfiar de lo perfecto. Por caer en la ingenuidad de pensar que cuanto más perfecto es algo, más manipulado está. Cuando en realidad, cualquier imagen es producto de una manipulación. Sin embargo, es posible que la simplicidad de la línea y a menudo su contundencia expresiva la hagan más fiable. Mike Kelley defiende la caricatura por su velocidad de ejecución, “como si esa espontaneidad la aproximara más a la operación mental original”.


Niños, seres abyectos y otros
De todos es sabido que el delito es más grave si ha habido premeditación. Y que los niños no mienten. Por ello el gesto espontáneo será acertado o equivocado, pero es sincero. Y en la sinceridad hay un valor ético y estético incuestionable. Quizás sea esta la razón por la cual el trabajo artístico de los psicópatas —sus dibujos— nos fascine. Porque, como dice Hubert Damish:

Philip Guston. Sense títol, 1969
Philip Guston. Sense títol, 1969
Öyvind Fahlström. Notes for “Chile 1-2”, 1974
Öyvind Fahlström. Notes for “Chile 1-2”, 1974
“las obras de los enfermos mentales surgen de la necesidad”. No puede ser otra la razón de uno de los trabajos que más han fascinado desde que salieron a la luz tras la muerte de su autor, Henry Darger, en 1973, y conocido como In the Realms of the Unreal. “En los reinos de lo irreal” es un cuento ilustrado de más de 15.000 páginas donde se narra la pesadilla de las hermanas Vivian. Una guerra sanguinaria entre la infancia y un mundo adulto representado básicamente por soldados torturadores y violadores. Actores de una lucha que han sido previamente seleccionados y calcados de ilustraciones de la literatura infantil y la publicidad de revistas y periódicos, para después ser coloreados con especial delicadeza. Un reino y unos personajes que en su ambigüedad dibujan un hermoso y a la vez terrible universo poético, tan cercano a la escuela surrealista como precedente de un importante número de artistas contemporáneos, que ven en el aparente encanto del mundo infantil y su trasfondo de crueldad y violencia una perfecta metáfora de nuestras más profundas pesadillas.

Una necesidad distinta llevó a George Grosz a utilizar el dibujo en forma de caricatura, para señalar lo abyecto, grotesco, patético y ridículo de lo que Jean-Michel Palmier denomina “el nuevo rostro de la clase dominante”. Un ejercicio de representación que hizo escribir a Kurt Tucholsky: “Si los dibujos pudieran matar, los generales estarían muertos”. A la postre, esos trabajos no sólo fueron calificados de enfermizos, sino que el orden establecido intentó a toda costa destruirlos.

Desde un posicionamiento de denuncia parecido, unas décadas después, Öyvind Fahlström invoca la revuelta dadá mediante una inmersión en la contracultura underground norteamericana, echando por tierra las convenciones, tanto de
carácter poético como social, entre el high and low art. Superhéroes, Krazy Kat o el trabajo de Robert Crumb forman parte del material gráfico que pasará por su trituradora. Fahlström no cita, se apropia directamente de sus estructuras narrativas y discursivas para reconstruirlas desde una mirada influida por distintas metodologías, desde la poesía concreta a los planteamientos musicales de John Cage. Dibujando un conjunto de relaciones planteadas a menudo como un juego y siempre concebidas desde una conciencia política que le permite, en palabras de Jean-Françoise Chevrier, responder al terror de la cotidianeidad, a los sufrimientos más comunes y vulgares. Consciente de que, sin esa capacidad de respuesta, el arte no podría tener una eficacia concreta entre las otras actividades humanas; ni política ni poética.


Igualmente influenciado por la percepción de la escalada de la violencia que se vivía en los años sesenta y de la que Estados Unidos era protagonista, Philip Guston llevaría a cabo un cambio de estilo que dejaría a más de uno totalmente desconcertado y del cual Robert Hughes —superado el susto inicial— escribiría que su “paso de la abstracción a la figuración no fue el resultado de una conversión artística, sino una elección moral”. Un trabajo que, en su reivindicación de la torpeza, se convierte en un sistema de pensamiento donde la duda es percibida como la única manera de enfrentarse a la realidad. Una duda, sin embargo, que no deja de señalar —literalmente— con una mano gigante allí donde más duele: el lado oscuro y oculto bajo nuestra capucha.



Exposiciones colectivas e individuales de los artistas más destacados en un
lenguaje que, salvo honrosas excepciones, ha sido considerado menor..

El gesto espontáneo será acertado o equivocado, pero es sincero. Y en la sinceridad
hay un valor ético y estético incuestionable.



Raymond Pettibon. Walt’s Worse   George Grosz. Mord, 1916
Raymond Pettibon. Walt’s Worse   George Grosz. Mord, 1916
Por seguir un orden cronológico coherente, voy a terminar con los que, a su pesar, pudieran parecer los más punkis del lugar: Mike Kelley y Raimond Pettibon. Su grito no es más alto ni más claro, es más sucio. Un exabrupto ruidoso y conciso donde la recuperación del gesto, la mancha, el escupitajo es ideológica. Un planteamiento del que no se escapa un uso deliberadamente subversivo del humor en relación con lo incorrecto.

Una opción, la del sentido del humor, que no sólo no ha perdido vigencia sino que a menudo se ha hecho imprescindible. Seguramente porque el patio sigue igual de revuelto. Aunque al parecer, la perspectiva histórica y el recuerdo del fracaso de las utopías nos ha puesto la ingenuidad del revés, y ya se sabe que frente al escepticismo, la ironía nos da un respiro. Es decir, nos obliga a distanciarnos lo suficiente, para enfrentarnos con cierta lucidez a lo dogmático y a lo superfluo. Como la hoja en blanco. O a lo mejor no.


Es evidente que ésta es mi percepción de la realidad. La que determina mi concepción del arte; de sus mecanismos, de sus referentes, así como de su sentido. Un contexto en el cual mi expresión preferida seguirá siendo una mueca desafiante: “No tomarse nada verdaderamente en serio. Nos reíamos poco y llorábamos en secreto. Nuestra expresión preferida era una mueca desafiante”. (George Grosz)
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