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BUEN TIEMPO PARA LA CRÍTICA |
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La crítica tiene un papel constructor, su función es generar pensamiento crítico, algo que nada tiene que ver con la queja. Sin embargo ese papel le está siendo usurpado, substituido por esa cultura de la queja, por la mera información o por el trabajo de agente cultural. Un fenómeno que afecta a todos los sectores de la cultura.
Julià Guillamon, crítico literario (desde las páginas de “Culturas” en La Vanguardia escribe semanalmente crítica de literatura catalana), constata esa pérdida, insite en la necesaria independencia de la crítica y, al mismo tiempo, en sus vinculaciones intelectuales. A la luz de una experiencia rigurosa y extendida en el tiempo, sus reflexiones en torno a la crítica y la crítica de libros son un espejo en el que pensar la crítica de arte: sobre la que insistiremos en el Butlletí.
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JULIÀ GUILLAMON
En La era del vacío Gilles Lipovetsky habla del fenómeno de la desaparición del humor bajo los signos humorísticos. A partir de los años sesenta, como reacción ante los grandes discursos de la modernidad, surge un nuevo estilo de humor desenvuelto e intrascendente que se proyecta encima la publicidad, el periodismo y la moda. A diferencia de las formas de humor tradicionales —que provocaban una inversión de la lógica o la degradación de lo sublime mediante una comicidad irrespetuosa— el nuevo humorlúdico se proyecta sobre el yo, es subjetivo y relajado, una pátina que recubre las cosas. Se podría decir que algo parecido ha pasado con la crítica. Los grandes discursos han sido sustituidos por una crítica de poco voltaje, que lo cuestiona todo y no toca nada. Por ejemplo. Hoy es sábado, el jueves salí y estoy contento. Pero los comentaristas de opinión de mi diario no han tenido una buena semana. En las páginas de Cultura un profesor universitario se queja del desprestigio que rodea a la palabra profesor. Ahora que los videntes y los nigromantes se hacen llamar profesores, quizás es hora de que de a los profesores se les llame toreros. En las páginas de Opinión una escritora se queja que la gente use las lenguas para agredirse y propone que, en lugar de pelearse tanto, la gente aprenda idiomas. En el suplemento de televisión, un periodista critica a Ferran Torrent por haber celebrado públicamente la decisión de García Márquez de dejar de escribir. Propone que en lugar de dar tanto espacio a los comentaristas se potencien programas de libros como el de Vicenç Villatoro.
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| Consulta. Mind the Gap, 2005 |
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En el mundo postmoderno que Lipovetsky describía todo tiene guasa, todo hace gracia, todo lleva en sí mismo su parodia, pero la gente no rie abiertamente, socialmente, como antes. En el mundo de ahora todo es motivo de critica, pero la crítica casi ha desaparecido del mapa. ¿Quién tiene la culpa que usemos las lenguas para agredirnos? ¿quién es el responsable del desprestigio social de los profesores? La sociedad, el mercado, los políticos: nadie en concreto. Se trata de una crítica sin objeto, que no señala culpables ni busca responsabilidades. Es previsible: escoge aquellos elementos menos polémicos y desarrolla argumentos que, detrás de la aparente iconoclastia, reafirman las opiniones conservadoras y los valores establecidos. Es narcisista: al margen de cualquier dimensión social, representa la celebración del escritor o del periodista como conciencia crítica (la excentricidad de los referentes y el elemento autoirónico subrayan el carácter subjetivo). Es reversible. Podríamos pensar en escribir un artículo para defender a Ferran Torrent frente la frivolidad y la inconsistencia de los programas de libros, con los mismos argumentos y con la misma finalidad indefinida de preservar la literatura de sus enemigos. Sería inconsistente. Llamo a Ferran Torrent y me dice que él no ha hablado mal de García Márquez y que el periodista ya le ha telefoneado para disculparse.
La crítica “cultural” y el mediador
Hemos adoptado un ademán crítico, del mismo modo que desde hace años nos hemos acostumbrado a usar un look divertido, mientras la crítica ha ido abandonando las tribunas de los medios de comunicación y de las revistas especializadas. La crítica de arte, musical o literaria ha dejado su lugar a una difusa crítica cultural. Al mismo tiempo, los críticos se encuentran, cada vez más, expuestos a reglas ajenas a su actividad. La primera razón es de orden externo. Debido a la creación de una industriaque aspira a dar a conocer sus productos utilizando como plataforma las páginas de los diarios y los suplementos, el trabajo del crítico tiende a equipararse al del periodista. Una buena crítica contiene siempre un elemento informativo. Señala aspectos interesantes de un libro y los sitúa en un contexto que ayuda a entenderlos. Pero su función no se puede limitar sólo a informar: el crítico debe responder a una doble pregunta: “es bueno este libro?”, “qué es un buen libro?”. Como ya señaló T.S. Eliot en un famoso ensayo, para responder a esta cuestión hace falta un compromiso entre la experiencia directa de los buenos libros y la capacidad de generalización que lleva a escoger, a descartar y, en último término, a organizar estas experiencias según nuevos criterios poéticos. Este es un proceso lento y lleno de matices. En un contexto de saturación, de competencia y dificultad de llegar al público, sólo un tratamiento espectacular puede garantizar una buena recepción de los libros. Los matices no ayudan a entender el mensaje, y cualquier objeción se valora muy negativamente. No tanto en función de la calidad que se atribuye o se niega a un determinado autor, sino en términos de mercado.
El otro factor es interno y forma parte de la evolución que han seguido en los últimos años los grupos culturales, con la pérdida de los referentes colectivos y la articulación de lobbys y núcleos de presión. El crítico independiente es progresivamente sustituido por el agente cultural que se identifica con determinadas opciones o hace de mediador entre diferentes facciones. En los dos casos –crítico periodista o reconvertido a agente cultural— el primer requisito es la renuncia al libre criterio y la subordinación a la máquina de la promoción literaria, bajo la amenaza de ruidosas descalificaciones.
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El panorama no es demasiado favorable, pero tampoco especialmente negativo. Sometido a presiones internas y externas, en un momento en qué los propios códigos del lenguaje crítico parecen corruptos por el mal uso que se hace en las tribunas públicas, el crítico tiene que imponerse una estricta disciplina. Debe mantenerse a distancia de la sociedad literaria, de los premios y de las presentaciones de libros. Debe restar al margen de los grupos que sustituyen la literatura por el juego de poder. Debe responder a la corrupción de la escritura crítica con los recursos del buen periodismo: el rigor de la información, la imaginación y la capacidad descriptiva, la capacidad de denuncia y la dimensión social. Debe leer los libros en la corriente de la vida y, con naturalidad, proyectar el resultado de sus búsquedas y del saber de los otros. En los tiempos que vivimos, el crítico no puede pretender aplicar ninguna doctrina: ofrece a sus lectores una imagen de la actualidad y una idea de la tradición, desde puntos de vista singulares y con propuestas que hacen pensar. Trabaja a partir de los elementos que ofrece la realidad inmediata: libros importantes y otros que no lo son tanto, pero que apuntan aspectos nuevos y permiten interrogarse sobre el presente. Los trata con respeto, buscando lo que tienen de aportación
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| Pep Agut. No em diguis el teu nom, 2004 |
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genuina. También se hace eco de los fenómenos –sociológicos, culturales o editoriales--, porque forman parte del mundo, pero se muestra implacable con las falsificaciones y las imposturas. Para hacer su trabajo cuenta con la ayuda de periodistas con experiencia, que lo ayudan a definir criterios y objetivos; escritores que lo espolean; y de otros críticos que comparten con él afinidades y lecturas. Frente a la cultura de la queja que cada vez más lo invade todo, el crítico debe asumir un papel constructivo y hacer de su misma escritura un acto de afirmación. |
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