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NADA
>> Breve historia de casi nada    >> Nada que decir

Enrique Vila-Matas hacía en Bartleby y compañía un recorrido por los escritores que han sentido la pulsión negativa de la nada: los escritores del no, que dejan de escribir sin por ello dejar de ser escritores, que hacen de la nada el objeto de su obra. Si la tendencia a la nada es un mal endémico de la literatura contemporánea no lo es menos del arte.

Tony Matelli expone en el CASM Abandon en la que ha dejado las salas vacías, con algunas malas hierbas por las esquinas. Una pieza que recoge esa tendencia a la nada. Con motivo de tanto vacío publicamos un texto de Ignasi Aballí, un artista también afectado por ese mal endémico, en que hace un breve repaso por la historia del arte de la nada. Y un recorrido por cuatro piezas afectadas por el vacío y la nada: 0-24h de Ignasi Aballí,
u r 36 de Gregor Schneider, Shift de Graham Gussin y Abandon de Tony Matelli.


NADA QUE DECIR


DAVID G. TORRES

1. 0-24h Ignasi Aballí es un vídeo que, además de dar título a su exposición en el MacBa, el Museu Serralves e Ikon Gallery, muestra las grabaciones de las cámaras de seguridad del museo mientras este permanece cerrado. 16 horas al día en las que no pasa nada documentadas en 16 horas de vídeo en las que no pasa nada.

Es la constatación de la respuesta a una pregunta absurda: ¿qué pasa cuando no pasa nada?, nada. En una larga conversación con Dan Cameron publicada en el catálogo de la exposición, Ignasi Aballí señala que, más o menos, sus trabajos se pueden reunir en dos grupos. Por un lado, aquellos que incorporan la idea de ficción y, así, guardan relación con el cine y lo literario: carteles de cine en base a textos de Georges Perec, sinopsis de películas tal y como aparecen en prensa sin la referencia al film al que aluden o los créditos finales de otras tantas películas ausentes. El segundo grupo estaría formado por aquellos que aparentemente juegan en el campo contrario: retratan o recogen elementos de la realidad sin alterarlos. Aquí encajarían series como los inventarios (de lenguas, religiones o números de lotería premiados), los listados (de cifras de personas u objetos sacados del periódico y agrupados) y 0-24h. Pero, 0-24h también tiene que ver con la ficción, justamente, por esa ausencia y esa nada que se empeña en retratar, como si en el hecho de no contar estuviese contenida toda posibilidad de figuración. Las largas horas de espera en las que no pasa nada vendrían a contener la misma posibilidad de ficción potencial que los botes de pintura dejados secar de Malgastar. Marcel Duchamp dijo que puesto que los tubos de pintura son objetos ya realizados podríamos concluir que cualquier pintura no es más que un ready-made rectificado. Así que, si Malgastar es la posibilidad de cualquier pintura, 0-24h es la posibilidad de cualquier exposición y de cualquier interpretación de una exposición. En cualquier caso, ambos se sitúan justo antes del hacer.

0-24h intenta dar respuesta a dos grandes preguntas: ¿qué contar? y ¿qué hacer? De manera llana, tiene que ver con asuntos nada llanos como la crisis de la representación en arte. Ignasi Aballí insiste en ello, hasta el límite. Así, en esa misma entrevista de su catálogo cita a Catherine Millet y su afirmación de que no se puede seguir pintando sin tener en cuenta a Duchamp, Kosuth o Weiner. Y su respuesta no podía estar exenta de sentido del humor. Al fin y al cabo sólo abandonó los botes por ahí y solo dejó una cámara por ahí (de hecho ya estaba ahí). Así que: ¿qué contar?, nada; ¿qué hacer?, nada.
Ignasi Aballí. 0-24h, 2005 Ignasi Aballí. 0-24h, 2005
Ignasi Aballí. 0-24h, 2005
2. U r 36 de Gregor Schneider es una habitación, casi, vacía: sin ventanas ni cuadros, paredes blancas, un respiradero, luz de un fluorescente, una cortina que divide el espacio, unas mantas, algo de ropa y restos. U r 36 se expuso en la Kunsthalle de Hamburgo en 2003 y antes en el Museo de Krefeld en 2000. Y aún 13 antes esa misma habitación formaba parte de la casa familiar de Gregor Schneider en una pequeña ciudad de Alemania cercana a Duseldorf y Colonia.

Esa casa ha sido el objeto fundamental de su trabajo desde principios de los noventa, de manera obsesiva, concienzuda e intensa, como un objetivo claro. Las habitaciones han sido divididas, duplicadas y repetidas, ha levantado muros contra muros y bloqueado ventanas o puertas y cambiado la distribución hasta prácticamente perder el referente original. A ello hay que sumar la intensa actividad expositiva que prácticamente ha desmontado toda la casa y le ha llevado a recomponerla de nuevo. De hecho, en la Bienal de Venecia del 2001 la reprodujo prácticamente entera en una nueva distribución dentro del pabellón alemán.

U r 36 describe una estancia concreta: “u r” se refiere tanto a “umbauter raum” (espacio reconstruido) como “unsichtbarer raum” (espacio invisible), y el número que le sigue la clasifica tanto en la casa original como su reconstrucción. Ulrich Loock avisa, en el catálogo de su exposición en Oporto, que Gregor Schneider repite las cosas que encuentra por ahí, no hace nada, no inventa nada. No hay nada y no hace nada. Repite y duplica, y así parece solucionar una crisis que ya no afectaría sólo a la representación en arte y literatura, sino también en arquitectura: frente a la imposibilidad de producir, dividir; una práctica arquitectónica que se anula a si misma. Pero, U r 36 no es un espacio arquitectónico seco: es un espacio habitado.

Gregor Schneider. U r 36. Hardcore, 2000
Gregor Schneider. U r 36. Hardcore, 2000
Cuando en una de las múltiples entrevistas que David Sylverster realizó durante años a Francis Bacon le preguntó porqué apenas había pintado un par de exteriores, siempre personas en habitaciones solas. El pintor inglés respondió una obviedad: es ahí donde nacemos, dormimos, comemos, follamos, cagamos y morimos. Alfred Hitchcock decía que sorpresa es que estalle repentinamente una bomba bajo la mesa y suspense consiste en saber que hay una bomba debajo de la mesa que va estallar a una hora concreta. En la casa de Gregor Schneider también sabemos el final, el nuestro. Así que tal vez si U r 36 está en la Kunsthalle de Hamburgo, el Museo de Krefeld o en el número 12 de la Unterheydener Strasse en Rheydt, poco importa: ¿tiene alguna importancia dónde estás?; si es este número o el de al lado, si es esta habitación u otra idéntica en un pueblecito de Alemania; ¿es menos desesperante tu vida que la de quien habita ahí, es más alegre, estás más vivo acaso?


3. Shift es una instalación especifica que Graham Gussin realizó en 2004 en el gran cubo central sostenido por una inmensa columna del edificio de impositiva arquitectura posmoderna sede de la Bienal de Pontevedra. La instalación consistía en dos intensas intervenciones en el espacio: forrar todo el enorme cubo de vidrio que cierra la estancia con filtros color magenta y llenar el espacio con setenta toneladas de arena. El efecto final es el de un extraño espacio abandonado. Abandonado, por toda esa arena acumulada, como si un raro desierto que pasase por Galicia hubiese ocupado tras años el recinto. Pero extraño porque los filtros magentas impregnaban todo de color, como si más bien se tratase de la superficie de Marte.



¿Qué pasa cuando no pasa nada? Nada


Ernst Lubitsch decía que el mayor sentido del
humor surge de un profundo existencialismo



En Terrain vague, el artículo que Graham Gussin publicó (Butlletí, nº6, octubre 2004) en relación con la exposición que preparó para el CASM, habla precisamente de ciencia-ficción, uno de los referentes obligados de su trabajo. Y en concreto nos habla de la extraña relación que el cine de ciencia ficción guarda con el cine pornográfico: en el tipo de espacios en los que transcurre la acción. Las películas de ambos géneros están llenas de espacios vacíos: las habitaciones de hotel impersonales de la pornografía no distan mucho de las habitaciones de 2001: una odisea del espacio o Solaris. Son lugares no significativos, ausentes, desplazados en el tiempo y el espacio: “terrains vagues”.

El abandono de Shift es el de un espacio desplazado, fuera de lugar, en el que reproducir una experiencia de pérdida. Como en 2001, por ejemplo, ese “terrain vague” tiene además que ver con la experiencia del infinito y la nada. Justamente, Nothing daba título a la exposición que en 2001 Graham Gussin comisarió con Ele Carpenter en la Northern Gallery for Contemporary Art en Sunderland. Un repaso por obras de artistas como Fiona Banner, Yves Klein, Hans Haake o Liam Gillick; como escribió Adrian Searle en The Guardian: “a show devoted to absence, nullity, the vacant, the expunged, nothingness”.

Pero, finalmente, más allá de esa cuestión formal, que todo ocurre en parecidos espacios vacíos: ¿qué tiene que ver la pornografía con nada? Tal vez ratificar el mito urbano del accidente aéreo en el que en plena caída al vacío algunos pasajeros se pusieron a follar como locos: ¿qué hacer, si no?
 
4. Abandon es un trabajo que Tony Matelli inició en 1999 y que ahora presenta de manera extensa en el CASM. Dos salas del centro de arte están vacías, tan sólo unas hojas y pequeñas ramas, como malas hierbas, aparecen por las esquinas formadas entre las paredes y el suelo. Como si, efectivamente, se tratase de un espacio abandonado durante años. Sólo que no se trata de plantas de verdad sino de la reproducción realista, naturalista y precisa de malas hierbas en bronce y luego pintadas de verde.

Ernst Lubitsch decía que el mayor sentido del humor surge de un profundo existencialismo. Quizá es inevitable caer en palabras tremendas al hacer desfilar unas cuantas habitaciones vacías. Pero también pudiera realizarse un ejercicio en el camino contrario y ligar esa especie de pulsión negativa hacia el vacío y la nada con el sentido del humor. De todas formas, es casi inevitable que así suceda. Precisamente, Graham Gussin en una presentación de su trabajo en la Facultad de Bellas Artes de Barcelona recordó el número del que más orgulloso se sentía el cómico estadounidense Andy Kaufman, un tipo, por otra parte, bastante triste. Andy Kaufman simplemente salía al escenario y no hacía nada, durante un buen rato permanecía ahí, de pie, mirando y sin hacer ni decir nada. Evidentemente, el público rompía a reír desde el primer momento. Hasta en los entierros se ríe.
Graham Gussin. Shift, 2004
Graham Gussin. Shift, 2004


Desde hace tiempo, Tony Matelli ha ido produciendo una serie de esculturas realistas, con elementos caricaturescos. En muchas aparece el propio artista retratado en situaciones inverosímiles: sólo en una especie de islote en pijama tocando la guitarra; en otra aparecen un grupo de boy-scouts; o un mono atravesado por una decena de sables y espadas. Destaca en todas ellas un elemento irónico, de mofa, ligados a una imposible nostalgia de un estado natural que, además por su carácter realista, es revisado como puro simulacro.

Abandon es, una vez más, un espacio casi vacío, que vendría a responder otra vez a la imposibilidad de hacer e, incluso, podría tratarse de un espacio dislocado. Pero el supuesto abandono de las salas de un museo o, en este caso, centro de arte, no es tal: las salas están llenas de pequeñas esculturitas de bronce. No es un espacio abandonado, ni vacío, ni no ha habido trabajo o una leve intervención, tampoco es un espacio desplazado. Es más bien el simulacro de un espacio abandonado; simula que no se tiene nada que decir; simula un espacio vacío. ¿Qué “¿qué hacer?”?: nada de “nada”.
Tony Matelli. Abandon, 2005
Tony Matelli. Abandon, 2005
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