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No muerdas la mano que te da de comer:
Eduardo Pérez Soler entrevista a Eduardo Pérez Soler

Eduardo Pérez Soler se encontró con Eduardo Pérez Soler para hablar de La La Retaguardia, el espacio de consulta que ha preparado para el Centro de Arte Santa Mónica donde recopila escritos de autores críticos con el arte contemporáneo. A continuación, reproducimos algunos fragmentos de la conversación donde se destilan argumentos a favor y en contra, con el trasfondo de una reflexión sobre la pertenencia de la creación artística actual.


EDUARDO PÉREZ SOLER

Tengo la impresión de que, con La Retaguardia, intentando asumir ser el “portavoz del pueblo”, que se hace eco de los ataques que una parte importante de los medios de comunicación y el público no especializado realizan contra el arte contemporáneo. Me parece que, con este espacio de consulta, te has dejado arrastrar por una especie de actitud populista, que puede convertirse en reaccionaria. Sin duda, el arte contemporáneo es de difícil comprensión y, por ello, resulta incómodo para mucha gente. Gran parte del interés de la creación actual radica en su complejidad. Interpretar el arte contemporáneo es un ejercicio intelectual que requiere un importante bagaje de conocimientos e imaginación.

Además, atacar a la creación actual, puede resultar peligroso: precisamente la derecha más conservadora, tanto en Europa como en los Estados Unidos, ha querido ver en el arte contemporáneo un síntoma claro de la supuesta decadencia cultural de nuestra sociedad. Es lo que ha hecho, por ejemplo, el Frente Nacional en Francia.

Pienso que existe una equivocación esencial en la afirmación de que el arte contemporáneo es complejo. No estoy completamente seguro de que la creación de nuestros días sea tan difícil de comprender como piensa la gente. Más bien soy de la opinión de que muchas de las actuales propuestas artísticas están concebidas para su fácil consumo. Tras su apariencia de trasgresión, sólo hallamos docilidad y academicismo. Aquello que gran parte de los artistas contemporáneos ofrece son unos productos destinados al consumo irreflexivo. Es lo que sucede, por ejemplo, con los Young BritishArtists (YBA), que parecen muy radicales a simple vista, pero que sólo pretenden satisfacer las aspiraciones de un público ávido de morbosidad y escándalo. Piensa en la cama llena de desperdicios y fluidos corporales de Tracey Emin. Se trata de una obra completamente insustancial, pero que obtuvo un gran eco en los medios de comunicación; justo lo que su autora pretendía.

El problema es que los curadores y directores de instituciones artísticas, deseosos de atraer las masas a los museos y centros de arte, han acabado promoviendo un arte irreflexivo, que divierte, pero no da que pensar. Muchos artistas y curadores actuales evidencian una actitud antiintelectualista al promover un tipo de arte que es posible apreciar sin mediaciones, sin unos conocimientos especializados. Con esta actitud se sitúan muy cerca de la derecha más reaccionaria, que siempre ha defendido un arte susceptible de ser apreciado de forma “natural”, sin la necesidad de recorrer a un saber especializado. Es curioso, pero parece como si los museos de las democracias postmodernas estuviesen haciendo realidad un de los sueños de los Estados totalitarios: la creación de un arte irreflexivo. En el fondo, la cama de Tracey Emin y los paisajes académicos no son tan distintos.


“El deseo de atraer a las masas a los museos ha acabado promoviendo un art
irreflexivo, que divierte, pero no da que pensar”.


Personalmente no me parece un problema que cada vez más gente pueda disfrutar del arte. Tampoco me parece mal que cada vez más gente se acerque a los museos de arte: al contrario, la masificación de los museos es una consecuencia lógica de la democratización de la cultura. Cuando te muestras contrario a la popularización del arte estás cayendo en un elitismo absurdo. La vulgarización del arte –su “plebeyización”, para utilizar la terminología de Frederic Jameson– es el precio que debemos pagar para hacer posible que todo el mundo tenga acceso a los productos culturales.

Además, si un número cada vez mayor de gente visita los museos es seguramente porque en ellos encuentra algo que no tiene en el mundo real.

Ciertamente, los museos y los centros de arte nos permiten obtener una experiencia de las cosas distinta a la que nos ofrece el mundo que tú llamas “real”. Es obvio que nosotros observamos las cosas desde una perspectiva distinta cuando el sistema del arte las sanciona como obras artísticas. Con su capacidad legitimadora, las instituciones artísticas poseen un potencial extraordinario para transformar la percepción que tenemos de las cosas. En realidad, yo no tengo nada en contra de las instituciones artísticas y, por ello, acepté preparar el espacio de consulta para el CASM. Sin embargo, sí que estoy en contra del culto desmesurado que rendimos a los productos artísticos.
Eduardo Pérez Soler. Foto: Davis
Eduardo Pérez Soler. Foto: Davis
¿Qué quieres decir con ello?

Quiero decir que ya no podemos entender el arte como lo habían perfilado los creadores modernos. Por ahora, el arte no ocupa una jerarquía superior a la de otras actividades humanas. Tampoco es un instrumento capaz de dirigir a los hombres por el camino de la libertad y el perfeccionamiento, como creían muchos artistas y críticos modernos. Quien piense que el arte posee, en esencia, una función emancipadora es un idealista o un ingenuo.

Superado el metarrelato hegeliano que concebía el arte como una idea camino de su realización, la actividad artística ha perdido todo fundamento metafísico capaz de legitimarla. Por ahora, la única diferencia entre las obras de arte y los objetos cotidianos radica en que las primeras se pueden contemplar en un contexto artístico. Sólo eso. No obstante, todavía nos comportamos como si las obras de arte fueran la creación de individuos geniales, dotados de habilidades y capacidades intelectuales extraordinarias. Aún contemplamos las obras de arte con la expresión estúpida y la mirada alucinada del fiel que rinde devoción a las reliquias. Todavía existen personas e instituciones capaces de pagar millones de dólares por las creaciones de unos personajes que tratamos como héroes y visionarios. ¡En resumidas cuentas, un disparate! Nos acercamos al arte de nuestros días con los ojos de un espectador de hace cien años. ¡Buda está muerto, pero su sombra todavía se proyecta en la caverna!


Entonces, ¿piensas que es necesario definir de nuevo el concepto de arte?

Más bien diría que hay que asumir una nueva actitud hacia la creación artística. En el fondo, hemos de tener conciencia de que el arte no es una actividad que posea un estatuto ontológico superior al de disciplinas como, por ejemplo, el cine, la publicidad o los dibujos animados. Es cierto que las propuestas artísticas nos permiten gozar de unas experiencias que no encontramos normalmente en la vida cotidiana. El arte actual nos acerca a una realidad distinta y, a veces, lo realiza mediante unos productos de notable calidad. Ahora bien, mucho me temo que no pocos productos de las disciplinas antes mencionadas poseen unas calidades intrínsecas superiores a las de la mayoría de las obras artísticas actuales.

Además, hay que tomar en consideración otra cuestión: el arte cada vez cuenta con menor importancia social. Desde el siglo xix, la actividad artística ha perdido influencia progresivamente, debido a la irrupción de nuevas tecnologías, dotadas de una mejor capacidad para expresar la experiencia de la realidad de nuestros días. En un fragmento de Behind the Times, que he incluido en La Retaguardia, Eric Hobsbawm expresa a la perfección esta idea: “Es imposible negar que la verdadera revolución en el arte del siglo xx no la llevaron a cabo las vanguardias de la modernidad, sino que tuvo lugar fuera del ámbito de lo que se reconoce formalmente como ‘arte’. Esta revolución fue obra de la lógica combinada de la tecnología y el mercado de masas, lo cual equivale a decir de la democratización del consumo estético”. Ironías de la vida: la vanguardia de la sensibilidad no estaba en el mundo del arte, sino en un universo que muchos artistas modernos despreciaban: el universo de la cultura de consumo.

Desgraciadamente, muchos artistas y teóricos respondieron de un modo equivocado ante este fenómeno. En vez de adaptar sus propuestas a las nuevas condiciones sociales y tecnológicas, prefirieron recluirse en el mundo abstraído y solipsista de la cultura de élite. Ellos siguieron actuando como si nada hubiese cambiado, como si el arte aún tuviese la misión de transmitir un mensaje transcendente y custodiar unos valores eternos. Los artistas siguieron interpretando el papel de apóstoles de una religión laica, en vez de adaptarse a la lógica cultural de la modernidad. Ahora conocemos el resultado de todo ello: ¡el arte ha perdido capacidad para generar referentes sociales y actualmente posee un papel irrelevante en nuestra cultura!


LA RETAGUARDIA

"En ninguna época de la humanidad ha habido tanta actividad artística bien pagada, y tan poco Arte"

Félix de Azúa, ¡Muérete de una vez!, 2002.



"Una constatación vuelve periódicamente para revestirse de evidencia: unos artistas transmiten energía, otros la conservan, y un tercer grupo incluso empobrece el mundo al malgastarla en tareas inútiles y propias de farsantes."

Jordi Ibáñez Fanés, Después de la decapitación del arte, 1996.



"Decir que la historia terminó es decir que ya no existe un linde de la historia para que las obras de arte queden fuera de ella. Todo es posible y todo puede ser arte. Y, porque la presente situación no está esencialmente estructurada, ya no podemos adaptarla a un relato legitimador. Greenberg está en lo cierto: nada ha pasado en treinta años. Eso es lo más importante que se puede decir sobre el arte de los últimos treinta años. Pero la situación está lejos de ser tan deprimente como implica la expresión “¡Decadencia!” de Greenberg. Más bien, inaugura la época de mayor libertad que el arte ha conocido."

Arthur C. Danto, After the End of Art, 1997.
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